Lunes, 6 de Octubre de 2008
Epicondilitis
Como ya he comentado en otras ocasiones, los traumatólogos somos médicos "de lo concreto". Esa labor de prospección que busca y rebusca en la memoria del paciente, que solicita un sinfín de pruebas complementarias y analiza infinitas combinaciones que cuadren en la conformación de un síndrome es más propia de médicos, de internistas. Cuando se trata del aparato locomotor, la suma de factores, la turbia amalgama de sensaciones dispersas, indican una enfermedad que no está sujeta a nuestra disciplina. Casi siempre son eso, "enfermedades"; no "lesiones". Los médicos están más capacitados en el tratamiento de las primeras; las segundas son nuestras.
Esta paciente señala un dolor concreto, se toca el codo derecho y explica su sensación:
-Me duele mucho, doctor, pero a veces es insoportable. Por mi trabajo tengo que estrechar muchas manos y algunos sujetos creen que eso del apretón cálido significa estrujar la mano del contrario. Si intento corresponder al apretón siento una punzada en el codo; después ya no puedo estrechar la mano del siguiente. Me pasa lo mismo si intento servir el vino de una botella. Siento que voy a fallar y tengo que soltarla.
-¿Practica algún deporte?
-Golf
La exploración es muy sencilla. El dolor, intenso, se despierta con la presión sobre el epicóndilo, una prominencia ósea de la paleta humeral, en el codo, donde se inserta la musculatura flexora. Conozco perfectamente la localización habitual del y dirijo la presión de mi dedo pulgar al punto gatillo.
-¡Ay!
-El diagnóstico está claro... Carmen. Es una epicondilitis o codo de tenis.
-Pero yo no juego al tenis.
-No, pero hace gestos parecidos al tenista. Cuando transporta un peso o cuando sujeta con fuerza el palo de golf, sobre todo si golpea el suelo y transmite la vibración hasta el codo, está provocando el mismo mecanismo de lesión que un jugador de tenis que aprieta el mango de una raqueta.
-¿Y qué tengo que hacer? ¿No jugar a golf?
-En principio, sí. Lo más importante para curar una lesión por sobreuso es evitar los gestos que la provocan. Necesita reposo para dejar que actúe el mecanismo natural de la reparación.
-¿Y eso tarda mucho?
-Es imprevisible. En procesos que ya están muy evolucionados puede tardar meses o años. Pero no se asuste; para eso acude usted a una consulta médica, para que tratemos de acortar esos plazos e intentemos solucionar sus molestias.
-Pues lo que usted diga, doctor.
-Podemos aplicar varios tipos de tratamiento, lo que quiere decir que no hay un tratamiento que sirva siempre para todos los pacientes. Lo que hacemos es empezar por los menos agresivos y seguir con otros sólo en caso de que los primeros no resulten eficaces. Primero, como ya he dicho, se traa de evitar todos los gestos, posturas, actividades o esfuerzos que despierten el dolor, como estrechar manos o servir de una botella, ya que mencionaba estas dos causas de dolor. Podemos ayudar con unos antiinflamatorios que aceleren el proceso de curación espontánea y también con una cinta especial, que se compra en ortopedias, que se coloca por debajo del codo para restar tensión a la musculatura flexora.
-¿Y no tengo que hacer rehabilitacíón?
-Si, claro, es que todavía no hemos llegado a ese punto. La fisioterapia puede ayudar, y ayuda, en muchas ocasiones. Un masaje en profundidad, con fricción de la zona del dolor, con la técnica de Cyriax, resuelve algunos casos. Los sistemas de terapia física en casos avanzados no resultan muy eficaces. Recomiendo ser un poco más agresivos y aplicar las llamadas ondas de choque. Pero, en realidad, lo que estoy pensando es que en su caso va a ser necesaria una tanda de infiltraciones...
Excuso una descripción detallada de los siguientes minutos de la entrevista porque en otras ocasiones ya hemos tratado el asunto de las infiltraciones con suficiente extensión. Es la cruz del traumatólogo. Alertamos en su día sobre los peligros de una aplicación indiscriminada de los corticoides y, no se sabe bien por qué mecanismo, hemos creado la religión de la popular inquina contra la ?"filtración de cortisona" Después de muchas explicaciones y del argumento más importante -que no tengo otra forma de resolver el problema si no es operando- la paciente comprende la situación y se muestra dispuesta a ser infiltrada.
-De acuerdo, Carmen, pero agotaremos previamente los pasos del tratamiento. Esta es la receta para los antiinflamatorios y para la ortesis que se colocará en el brazo. Tiene que pedir en su compañía de seguros la autorización para el tratamienmto con ondas de choqe, que es un procedimiento caro, y cuando termine veremos si es necesario o no continuar con las infiltraciones.
Enviado por: kaspari.
12:16
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Martes, 9 de Setiembre de 2008
Enviado por: Wenceslao Atson.
13:45
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Lunes, 8 de Setiembre de 2008
Hay pacientes que infunden temor. Ves a una señora entrada en kilos y años, con cara de sufrir pero muy resuelta, que entra en la consulta con paso firme, como dominando, seguida de un marido delgadito que actúa como porteador de una tonelada de radiografías y... ¡ya está!, conoces la primera frase con pequeñas variantes antes de que abra la boca: "Doctor, no sabe lo que sufro -y no soy de las que se quejan- con este dolor de espalda" Y me preparo para una larguísima sesión de psico-traumatología para la que previamente me declaro absolutamente incapacitado.
..
Los datos iniciales pueden combinarse en todas las variaciones posibles. Por ejemplo: el paciente puede llegar cargado de radiografías pero ser joven y de complexión atlética. El gesto facial, el sentimiento que se transparenta por debajo de su expresión, puede indicar un deportista activo con una lesión crónica que no acaba de resolver o un deportista ocasional, fuera de la edad de competición, que ha consultado a toda la población de traumatólogos en varios kilómetros a la redonda.
El que hoy entra, transmite buenas vibraciones. En mitad de la veintena, expresión relajada, complexión atlética, firme -pero no triturante- apretón de manos, sabe dialogar, habla y escucha...
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Enviado por: Wenceslao Atson.
10:34
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Miércoles, 3 de Setiembre de 2008
-Usted dirá... Antonio. ¿Qué le ocurre?
Mi paciente es un varón que no ha cumplido cincuenta años. Complexión atlética, probable deportista ocasional que ha sido más activo en el pasado. Trabajador manual, diría yo. Expresión y rasgos de hombre determinado. Si dice que le duele, es que le duele bastante. No es de los que se entretiene en pequeñas molestias.
-Es el hombro derecho, doctor. Llevo varias semanas de dolor intenso. El otro día tuve que acudir a urgencias porque no podía más. Me hicieron unas radiografías y me pusieron un tratamiento, pero esto no cede; no puedo vivir en paz.
-¿Le despierta por la noche?
-Es lo peor. Tengo que levantarme a media noche. En el sofá se calma algo pero sigue doliendo a rabiar.
-¿Cuántos años tiene?
-Cuarenta y siete
-¿En qué trabaja?
-Fontanero
-Bien, Antonio, quítese la camisa por favor. Puede colgarla en el perchero. Siéntese en la camilla.
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Enviado por: kaspari.
11:16
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Sábado, 9 de Agosto de 2008
El ritual del lavado es monótono para el principiante. El cirujano experimentado, en cambio, lo vive como un momento de gracia, un pequeño margen de tranquilidad en medio de la vorágine. No hay nada que hacer salvo cepillar sistemáticamente manos y antebrazos, alternando mano frotadora y frotada. Los gestos automatizados permiten poner la mente en blanco y pensar en cualquier cosa sin estar pendiente de las inmediatas.
Me gusta ese momento de paz. Recuerda una vida sin prisas, personas que pueden pasear, esperar en la consulta del médico o viajar en un tren disponiendo de momentos de silencio e intimidad. En mi caso, debo conformarme con esta miseria de tiempo robado al frenesí de la actividad diaria. Y lo disfruto...
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Enviado por: wenceslao atson.
11:15
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Jueves, 5 de Junio de 2008
Así empezó todo
Ni en los tiempos más entusiastas de mi aprendizaje contemplé la posibilidad de dedicarme a la cirugía del pie. El programa de estudios incluía ese apartado y cumplí con el trámite. Operé unos cuantos pies y abordé otros aspectos de la profesión que de verdad me interesaban. Recuerdo que uno de los adjuntos del servicio confesó en un momento de debilidad cierto tipo de inclinación por esta cirugía y pasó a ser -con bastante reticencia por su parte- el referente del que se colgaban todos los juanetes que filtrábamos en la consulta externa.
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Enviado por: Wenceslao Atson.
11:53
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Martes, 3 de Junio de 2008
Buena solución
Aprender la técnica quirúrgica resultó mucho más difícil de lo esperado. La curva de aprendizaje fue larga, llena de obstáculos, desesperante en ocasiones. La destreza demostrada por nuestros maestros nos hizo pensar que se trataba de una técnica sencilla, especialmente para cirujanos experimentados y más aún para quienes estábamos acostumbrados a operar "sin ver" directamente el campo quirúrgico, como nos ocurre a los artroscopistas.

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Enviado por: Wenceslao Atson.
10:49
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Domingo, 1 de Junio de 2008
La operación
En el quirófano, todo está preparado. Tras las infiltraciones anestésicas, el pie de Tomasa está dormido. Lo compruebo tocando las puntas de los dedos con una aguja. La insensibilidad es completa. Me aseguro de que todo está en orden, la posición del pie correcta, el fluoroscopio en el ángulo de visión adecuado y hago un simulacro de posicionamiento frente a la paciente.
-Acercad un poco el fluoroscan, por favor. Y giradlo hacia mí. 
Frente a la mesa, Clara coloca en perfecto orden las fresas, los raspadores, las hojas de bisturí...
-Si estás lista, me voy lavando.
-Lo que tarde en montar el campo. Mientras se lava, termino de sacar el instrumental y coloco los paños.
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Enviado por: Wenceslao Atson.
11:20
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Viernes, 30 de Mayo de 2008
El plan estándar de seguimiento tras una Cirugía Percutánea del Pie contempla una primera visita a mi consulta una semana después de la intervención.
Retiro el vendaje y las gasas que cubren las heridas quirúrgicas. Al principio, las hemorragias solían ser más cuantiosas y la sangre empapaba el vendaje dándole una consistencia muy dura
En la actualidad se manchan -claro- pero el aspecto general del pie y su envoltorio cada vez es más limpio. También el edema que lo deforma resulta cada vez menor. Es un indicativo de que la operación es menos costosa -en tiempo y gestos quirúrgicos-, lo que supone una menor agresión para el pie
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Enviado por: Wenceslao Atson.
14:31
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Miércoles, 28 de Mayo de 2008
Diario de Tomasa Aduriz
"Mi operación de juanetes"
8h. Me levanto. No puedo tomar mi medicación. Hoy, casualmente, tocaba el comprimido semanal de la osteoporosis. Lo dejo para mañana. Desayuno un té, dos tostadas con mermelada y un yogourt. El doctor dijo que podía desayunar a primera hora de la mañana pero que después no volviera a comer ni beber nada.
12h30. Llego a la clínica. Dejo mis datos en admisión. Espero un rato.
13h. Me acompañan al quirófano. Me cambio en un pequeño vestuario; bata desechable y unas calzas de papel.
13h15. Llega el anestesista. Hace algunas preguntas y explica el procedimiento. Pinchará en el tobillo para anestesiarme el pie. Es un poco doloroso pero se soporta muy bien. Enseguida termina. Hay que esperar para que la anestesia termine de actuar..
13h30. Paso al quirófano. Me saluda el doctor Atson que sólo reconozco cuando me habla. El gorro y la mascarilla lo hacen irreconocible. Desde mi posición tumbada soy testigo de una gran actividad, con mucha gente que entra y sale llevando bandejas, conectando cables, ordenando instrumental... El doctor entra de nuevo en la sala con las manos levantadas. Acaba de lavarse y le visten con una bata y unos guantes. Dejo de verle cuando se sienta junto a mi pie porque tengo una pequeña barrera de paños por delante que me impiden la visión directa. Pero lo oigo todo. Me pregunta qué tal estoy.
14h. Empieza la intervención. Se oye música de fondo y los comentarios del doctor cuando pide el instrumental o cuando explica los pasos de la operación a su ayudante y a unos estudiantes que miran la intervención desde el fondo del quirófano.
14h25. Todo ha terminado. Tengo el pie vendado y calzado con el zapato ortopédico. Me incorporo y permanezco sentada unos instantes.
El doctor me explica que puedo andar lo necesario pero que la primera semana es mejor que repose con el pie en alto. Me entrega una receta. Puedo tomar analgésicos si llego a tener dolor. Los antibióticos y antiinflamatorios son obligados.
14h35. Salgo del quirófano por mi propio pie, acompañada por una enfermera. Salgo de la clínica. El coche espera en la puerta. Me siento con la pierna estirada en el asiento de atrás..
15h Llego a casa. No me duele pero siento una ligera molestia en todo el pie. Tengo preparado un pulpo de neopreno que relleno de cubitos de hielo. El doctor dice que el frío es el mejor antiinflamatorio local. Pido una comida ligera y después tomo un analgésico. Duermo una siesta en el sofá. La semana de espera va a ser larga. Tengo tres novelas sobre la mesita del café... y el mando a distancia de la TV que es todo mío.
Enviado por: Wenceslao Atson.
11:23
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